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El Vía Crucis es una devoción centrada en los Misterios dolorosos de Cristo, que se meditan y contemplan caminando y deteniéndose en las estaciones que, del Pretorio al Calvario, representan los episodios más notables de la Pasión.

 

El Vía Crucis consta de 14 estaciones, cada una de las cuales se fija en un paso o episodio de la Pasión del Señor. A veces se añade una décima quinta, dedicada a la resurrección de Cristo.

 

El período de la Cuaresma propicia la práctica piadosa del Vía Crucis. Es una manera muy fructífera de preparar el alma, día tras día, semana tras semana, al encuentro con el Divino Paciente en la trágica –y gloriosa- Semana santa.

 

Al recorrer con la Iglesia cada uno de esos misterios dolorosos, sentimos que el dolor es un gran misterio, si el mismo Hijo de Dios ha querido atravesar la estrecha puerta de acceso y morar en él, como en un santuario, en el que todo hombre entra alguna vez, y en el que define su ignorancia y miseria, al igual que su grandeza espiritual y su elevación religiosa. Juan Pablo II escribió: «Mediante el sufrimiento maduran para el reino de Dios los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo» (Salvifici doloris, 21).

 

El Vía Crucis es también contemplación del rostro doliente del Señor. Los cristianos en el Vía Crucis fijamos los ojos en el «Varón de Dolores». En él, contemplamos el «rostro» del pecado y, juntamente, el «rostro» de la misericordia y de la salvación.

 

Contemplamos un cuerpo ensangrentado, que con su sangre lava nuestra iniquidad y nuestra «locura».

Contemplamos una corona de espinas, que sacude nuestros pensamientos frívolos, nuestros sentimientos de indiferencia, nuestras intenciones torcidas, nuestros deseos abominables, nuestros desvergonzados anhelos y añoranzas.

 

Contemplamos unas manos y unos pies clavados al madero de la esclavitud y de la ignominia, para enseñarnos a todos la medida suprema de la obediencia filial y del abandono infinito.

 

Contemplamos unos brazos abiertos, para abrazar nosotros, con él, todo dolor y todo sacrificio en bien de nuestros hermanos.

 

Contemplamos una cabeza inclinada hacia la tierra, para decir a los hombres que su muerte será bendición para la humanidad entera, que quiere ser recordado así por los siglos: mirando amorosamente al mundo que lo ha crucificado.

 

Siendo el dolor alimento de toda existencia, el hombre necesita darle un rostro, configurarlo y hacerlo transparente para encontrar en la imagen la realidad de la experiencia, a la vez que alivio, consuelo, aliento, esperanza.

 

Por los ojos de la carne el misterio del dolor nos llega a las fibras más sensibles del corazón; con el lenguaje visual, se nos comunica una revelación estupenda de ternura y abandono; con el lento y colmado desfile de las estaciones, Dios mismo en su Palabra, nos va enseñando la ciencia de la cruz, va como desgranando ante nosotros, una pedagogía ascendente que culmina, entre el cielo y la tierra, en las manos del Padre.

 

El Vía Crucis es, por último, silenciosa proclamación del sufrimiento gozoso y redentor, testimonio convincente y muda atracción hacia la sabiduría de la cruz. Santa Catalina de Siena contemplaba a Jesucristo «feliz y doliente en la cruz».

 

Está claro que el Vía Crucis de Cristo es un camino que continúa en el Vía Crucis del cristiano.

Allí donde hay un cristiano que sufre, allí está viviendo con el Crucificado una de las estaciones del Vía Crucis. Si es condenado a muerte injustamente, revivirá con Cristo la primera estación. Si es traicionado por un amigo, aprende a sentir lo que Cristo sintió al ser traicionado por Judas o por Pedro. Si sucumbe bajo el peso del dolor, está acompañando a Cristo en sus tres caídas camino del Calvario. Si en su tribulación y dolor alguien le ayuda y consuela, hace revivir en la historia las figuras de María, del Cirineo, de la Verónica, de las piadosas mujeres de Jerusalén, que con su presencia y amorosa solicitud aliviaron el duro camino del Condenado hacia el Calvario. Si es despojado de su dignidad de modo inhumano y brutal, está reflejando en sí mismo el despojamiento del Nazareno. Si muere por confesar su fe, está encarnando la muerte de Cristo, que confiesa su obediencia plena a la voluntad del Padre.

 

• VÍA CRUCIS: Versión popular.

 

• VÍA CRUCIS:   Versión Vassula Ryden.  Las meditaciones acerca de cada una de las Estaciones del Vía Crucis fueron dictadas por Nuestro Señor Jesucristo a Vassula Ryden.

http://www.tlig.org/sp/spstatindex.html

 

• VÍA CRUCIS: Versión Y María del Getsemaní. Las meditaciones acerca de cada una de las Estaciones del Vía Crucis fueron dictadas por Nuestro Señor Jesucristo a Y María del Getsemaní.

http://tambienestuya.com/?page_id=764

 

 

 

 

Promesas para los devotos del Vía Crucis.

 

1.- Yo concederé todo cuanto se me pidiere con fe, durante el rezo del Vía Crucis.

2.- Yo prometo la vida eterna a los que, de vez en cuando, se aplican a rezar el Vía Crucis.

3.- Durante la vida, yo les acompañaré en todo lugar y tendrán Mi ayuda especial en la hora de la muerte.

4.- Aunque tengan más pecados que las hojas de las hierbas que crece en los campos, y más que los granos de arena en el mar, todos serán borrados por medio de esta devoción al Vía Crucis. (Nota: Esta devoción no elimina la obligación de confesar los pecados mortales. Se debe confesar antes de recibir la Santa Comunión.)

5.- Los que acostumbran rezar el Vía Crucisfrecuentemente, gozarán de una gloria extraordinaria en el cielo.

6.- Después de la muerte, si estos devotos llegasen al purgatorio, Yo los libraré de ese lugar de expiación, el primer martes o viernes después de morir.

7.- Yo bendeciré a estas almas cada vez que rezan el Vía Crucis; y mi bendición les acompañará en todas partes de la tierra. Después de la muerte, gozarán de esta bendición en el Cielo, por toda la eternidad.

8.- A la hora de la muerte, no permitiré que sean sujetos a la tentación del demonio. Al espíritu maligno le despojaré de todo poder sobre estas almas. Así podrán reposar tranquilamente en mis brazos.

9.- Si rezan con verdadero amor, serán altamente premiados. Es decir, convertiré a cada una de estas almas en Copón viviente, donde me complaceré en derramar mi gracia.

10.- Fijaré la mirada de mis ojos sobre aquellas almas que rezan el Vía Cruciscon frecuencia y Mis Manos estarán siempre abiertas para protegerlas.

11.- Así como yo fui clavado en la cruz, igualmente estaré siempre muy unido a los que me honran, con el rezo frecuente del Vía Crucis.

12.- Los devotos del Vía Crucis nunca se separarán de mí porque Yo les daré la gracia de jamás cometer un pecado mortal.

13.- En la hora de la muerte, Yo les consolaré con mi presencia, e iremos juntos al cielo. La muerte será dulce para todos los que Me han honrado durante la vida con el rezo del Vía Crucis.                                                                                                                                 14.- Para estos devotos del viacrucis, Mi alma será un escudo de protección que siempre les prestará auxilio cuando recurran a Mí.

 

 

 

 

 

 

audiosparacatolicos   2013